martes, 14 de octubre de 2014

Historia de un tendón rotuliano maltrecho y de un escalador desquiciado (III).

En vista de que faltaba un mes para que el “matasano” nos recibiera, Manu se buscó un fisio de confianza: Rubén Felpeto. Este le recomendó empezar con la EPI (Electrodiálisis Percutánea ) y con ello comenzaron los pinchazos en mi inserción distal.

Sí en esa zona grisácea me dolía, así que por ahí comenzaron los pinchazos. La EPI, duele pero es soportable, sobre todo cuando ahora ya sé lo que es un pinchazo doloroso de verdad, “pero no quiero adelantar acontecimientos”.

Cuando volvimos a la consulta ya llevaba dos pinchazos. El “matasanos” ni me tocó, vio el informe de la resonancia, copió lo mismo que este indicaba en su análisis y pidió tratamiento de rehabilitación. El tratamiento sugerido era como si se tratara de una persona sedentaria que únicamente utiliza su cuerpo para ir de casa al trabajo o a los bares y de vuelta a la misma. Se supone que Manu tiene una licencia deportiva por algo y no pude entender cómo no recomiendan el tratamiento más efectivo para la dolencia en cuestión. “Más que un facultativo parecía un gestor de seguros, más preocupado por la aseguradora que por mi pronta recuperación”.

Como Manu no confiaba mucho en el tratamiento prescrito siguió aplicándonos la EPI por su cuenta. En la rehabilitación de la aseguradora me hacían estiramientos, ejercicios propioceptivos, isométricos del cuádriceps y manipulaciones varias.

El 8 de octubre volvemos a vernos con nuestro médico favorito. Por supuesto “ni me tocó”. Ya llevaba cuatro sesiones de pinchazos. En esta ocasión en vista de la escasa mejoría, nos recomendó las ondas de choque. Tratamiento que es un poco más acertado aunque luego me enteré que las ondas que me aplicaron no son las buenas (las focalizadas) sino las menos efectivas (las radiales): “cuestión de equipamiento y de cuartos, supongo”. Recibí cuatro sesiones y otra más de EPI. Por cierto, “las ondas de choque si te pillan bien, también duelen de cojones”.

En resumen, nos encontrábamos en diciembre y después de unas 10 sesiones de rehabilitación, cinco sesiones de EPI, cuatro de ondas de choque y gracias a Rubén que me fue introduciendo en un programa de ejercicios excéntricos, comencé a sentirme mejor, tenía sensaciones positivas por vez primera en mucho tiempo. “Manu empezó a emocionarse, aunque yo sabía que la cosa no iba bien, habían descuidado mi otra inserción y eso traería consecuencias”.

Diciembre, mes de nieves y de comienzo de la actividad invernal. A pesar de la tentación Manu aguantó y se dedicó a patear por senderos sencillos, excepto un día que se fue a Ubiña con unos amigos a matar el gusanillo. La idea era hacer el Ubiña tranquilamente sin complicarse la vida, pero al final había muchas zonas de hielo y nieve muy transformada y terminó dando más patadas de las debidas. Tal vez fue ese el desencadenante, pero unos 15 días después (segunda semana de enero) se manifestaron unas molestias que hasta ese momento no había percibido “al final mi inserción proximal estaba tocada y al no recibir ningún tratamiento decidí que era el momento de dejarlo claro”. Toda la evolución positiva se fue al traste y afloraron nuevos dolores que complicaron nuevamente la recuperación.


En vista de estas nuevas sensaciones negativas Manu se preocupó porque se encontraba desconcertado. De repente lo que parecía ser un problema ya diagnosticado y tratado que parecía iba por buen camino, se convirtió en unas molestias nuevas (en una zona diferente de la rodilla) y con una sensación mayor de inseguridad: ¿Qué tengo?, se preguntaba el Manu. Así que, desesperado volvió a pedir cita con nuestro matasanos con la intención de conseguir que le hiciesen una nueva resonancia. El cuatro de febrero, ya del 2014, nos citamos en la clínica. Tras casi discutir con él, conseguimos que nos pidiese la resonancia y el 12 de febrero nos la hicieron. “Así aparecí en esta nueva toma”: