domingo, 21 de febrero de 2016

PATAGONIA: DONDE EL VIENTO NOS AMONTONA


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Esta historia podría comenzar como alguno de esos típicos chistes que en alguna ocasión todos hemos contado: “que hacen un sordo, un tullido y un italiano en la Patagonia”. Xosé inicia el viaje con una infección de oídos que necesita de ir aplicándole diariamente sus gotas fármacológicas correspondientes (siempre con cariño), en mi caso, dos días antes de volar, sufro una lesión en la zona donde la espalda deja de ser noble (me pasaré el viaje con antiinflamatorios y un vendaje compresivo en las actividades), Diego, el tano, un incauto que no sabía donde se metía y que nos soportó y nos guió por toda esa experiencia alpinística que es la Patagonia.

Después de cruzar el Atlántico en un tedioso e infinito vuelo, acariciamos Buenos Aires. Sin tiempo para imbuirnos del espíritu de Piasola nos subimos a otro pájaro de metal y el 31 de diciembre de 2015, aterrizamos en El Calafate alrededor de las 12h locales. De aquí al Chaltén, nuestro destino, sólo nos restan unos 230 Km por una carretera patagónica que por momentos parece no tener fin.

En la pequeña pero funcional terminal de El Calafate se puede coger billete para el Chaltén. Aquí parece que no conozcan a Calatraba ni a  Eisenman y como españoles de pro que somos, nos quedamos sorprendidos por la gran frecuencia de vuelos que presenta una instalación de tan poco pedigrí...

Como la moneda argentina no cotiza en los mercados internacionales, no es posible hacerse con pesos hasta que tomas tierra en territorio patrio. Por supuesto, la picaresca es una virtud que existe a lo largo del globo terráqueo, o por lo menos en los territorios de influencia hispana; así que a la hora de cambiar no os dejéis llevar por la pasión. Durante nuestra estancia la conversión de euros a pesos se realizaba a 14 pesos por euro en la mayoría de los locales y negocios, salvo justamente en el aeropuerto, donde te daban 13. Para todos los que tengáis intención de seguir nuestros pasos, os recomiendo traer efectivo, en el Chaltén sólo hay una entidad bancaria y máquinas de dar cuartos no se ven. En la mayoría de negocios te permiten pagar en euros o dólares.

Cogimos una diligencia de la compañía Las Lengas para llevarnos a El Chaltén. Nos cobraron 1.500 pesos por tres billetes y afortunadamente te acercan al hostel donde vayas a pernoctar. Una inmensa estepa nos acompaña en todo momento, rota por instantes de la visión en lontananza de cordales nevados. A mitad de trayecto nuestro transporte realiza una escala en la hospedería La Leona. En sus paredes interiores colgaban cuadros de montañeros ilustres patagónicos: Ferrari, Ragni. El sol nos acompaña en todo momento e inexplicablemente, a medida que nos aproximamos a nuestro destino, más nítidamente podíamos apreciar ese codiciado oro que son el Cerro Torre y el Fitz Roy. Su leyenda negra de indivisables no se estaba cumpliendo y la sensación de que una emboscada pronto se cernería sobre nosotros se hilaba en mi cabeza.

Sobre las 15:30h llegamos a El Chalten. La imagen que se genera en la retina cuando estás en esta localidad es la del far west, donde en vez de caballos hay coches, donde en lugar de polvo del desierto hay asfalto y grava, donde en vez de rosas de jericó cruzando los caminos hay materiales de construcción, donde en lugar de forasteros hay trekkers y escaladores y donde la distribución del pueblo y sus ritmos recuerdan a las películas de John Ford.

Nos hospedamos en el hostal Lo de Trivi. La tarifa hay que negociarla en función del tiempo de estancia, nosotros pagamos 170 pesos por cabeza y 100 pesos los días que subimos al monte, por mantenernos la habitación. Lo de Trivi presenta habitaciones con literas ubicadas en unas estructuras tipo container y el resto de servicios repartidos en estancias diferentes. Tiene dos salas de estar o comedor, dos cocinas una de ellas pequeña sólo para calentar líquidos y otra más grande para cocinar, cuenta con una zona donde hacer brasas en plan profesional para hacer tus propios asados, “esto aquí es una religión”. Tiene dos zonas de baños y duchas y en general todo bastante limpio y de agradable convivencia. La mayoría de forasteros que nos reunimos en esta estancia tenemos perfiles similares. A los escaladores se nos reconoce rápidamente por estar constantemente vigilando lo que aquí se conoce como “la ventana”. Se trata de la conjunción de una serie de fenómenos físicos que cuando se alinean hace que se produzca una estampida de forajidos en busca del oro, que en estas latitudes no transporta ningún ferrocarril, sino que se sitúa en las cumbres de estas desafiantes agujas. Los trekkers que aquí se alojan, se caracterizan por ser más volátiles, van y vienen con mayor frecuencia y sus rostros se renuevan con prontitud. Muchos de ellos se interesan por los planes y por las actividades que han llevado a cabo los inquilinos del lugar y sorprendentemente te felicitan y se congratulan de los logros personales alcanzados. Buena sintonía.

Como no podía ser de otra forma la despedida de año en esta Patagonia austral tenía que ser con un asado. Nos reunimos con la banda del Yerri y de Mariana formando un grupo de unos 10 individuos, contando forasteros e indígenas. De siempre es sabido que la relación entre vaqueros e indios nunca ha sido muy pacífica, pero en este caso, en la rotisería de Nipo Ninos nos acogieron no como forasteros sino como unos lugareños más. Aquí podréis encontrar las mejores empanadas de toda la comarca.
Fin de año austral
El día de año nuevo escalamos unas vías en la pared del Cóndor. Son unas paredes muy visibles enfrente del Chaltén. Hay vías de deportiva equipadas y también para meter cacharros de dos tres largos. La meteo empezó a comportarse como lo esperado, las nubes cerraban la visión de los picos y en altura estuvo nevando y venteando. En el Chaltén predominaba el sol con rachas de viento, pero el calor se imponía, al fin y al cabo es verano.

Acercamiento a la cara Norte del Fitz Roy o Cerro Chaltén
Día 4/01/2016, empieza la aventura patagónica. El pistoletazo de salida se confirma por las predicciones emitidas por la NOAA (National Oceanic andAtmospheric Administration de USA); aquí es el sheriff de los modelos predictivos meteorológicos.  Yerri nos acerca en su furgoneta hasta el Puente Eléctrico, punto de salida hacia el glaciar Fitz Roy norte. Este puente se encuentra a 15 km del Chaltén y se alcanza siguiendo una pista de grava no asfaltada. Desde este punto sale una senda bien indicada que nos lleva hacia Piedra del Fraile, lugar donde hay un refugio privado y donde te cobran simplemente por usar el camino. La tarifa es de 500 pesos. Como Diego ya conocía la cuestión arancelaria de estos tramperos, antes de llegar al refugio abandonamos la senda y durante un pequeño trayecto entre arbustos y lengas, cual forajidos, volvimos a retomarla ya cerca de donde comienza la pendiente de subida a Piedra Negra. Esta subida transcurre por un sendero muy terroso y de piedra suelta, que salva un gran desnivel (cerca de 1.000m). Se hace fatigoso pero a medida que subes empiezas a descubrir los hielos patagónicos y las moles rocosas que poco a poco empiezan a dejarse ver. Piedra Negra se llama así por unas formaciones rocosas muy características de color negro y naturaleza basáltica. Hay un ibón que es alimentado por el glaciar Guillaumet y a su alrededor muchos puntos de vivac.

Se hacen perfectamente visibles la aguja Guillaument, la Mermoz y nuestro objetivo el Fitz. A partir de aquí nos calzamos las botas y empezamos a remontar la pala de nieve que nos deja sobre el paso del Cuadrado (1750m). Es un mirador espectacular que te presenta de forma majestuosa el Cerrro Torre y el glaciar norte del Fitz. Tras un privilegiado descanso, continuamos descendiendo por la pendiente nevosa para alcanzar el glaciar. Se sortean varias grietas, y bloques en la zona baja del glaciar, hasta que remontamos y nos colocamos en la base de la canal que da acceso al Bloque Empotrado y al pilar Goretta del Fitz. En esta zona entre piedras de granito colocamos la carpa. Fueron unas seis horas de pateo bastante exigente por el peso que llevábamos, por el desnivel salvado y que nos empieza a dejar claro, el carácter de este alpinismo austral.
Vista desde el paso del cuadrado

El resto del día lo dedicamos a reforzar convenientemente los anclajes de la tienda en previsión de posibles vientos hostiles, en localizar nuestro objetivo en el Pilar Goretta y en preparar el material que teníamos que llevar para arriba. Como por aquí no hay tabernas, ni pasa la diligencia, la cena la traíamos preparada: unas milanesas encargadas en el Nipo Nino nos permitieron reponer energías.

Fitz Roy (3405m): Intento a  Mate, Porro y todo lo Demás (900m, 50º, 6c) + Casarotto (400m, 50º, 6c)
El pilar Goretta es espectacular, 900 m de fisuras y placas de granito colorado que le hacen destacar del resto de la pared norte del Fitz. (Cualquier información sobre vías, itinerarios y actualidad sobre la verticalidad patagónica la podréis encontrar en pataclimb.com).

Nos levantamos sobre las 4:30h, aquí a las 5:30h el sol ya ilumina. A las 6:00h comenzamos a subir los 700 m de pala camino del pilar. A eso de las 8:00h repartimos el material entre las tres mochilas, dejando una más descargada para el que encabezase los largos. En esta mochila iba: un saco de dormir, una funda vivac, las botas cuando no se escalasen con ellas, un piolo y los crampones.

Las dos primeras tiradas eran mixtas y las hice con las botas y crampones, hasta ganar un pequeño pilar que daba acceso a las primeras fisuras de la vía limpias de nieve. Nos encontramos un descuelgue montado probablemente por alguna cordada que se bajó de la vía. A partir de aquí empezamos a usar los gatos. Este largo es básicamente seguir una fisura de 50m, mayoritariamente en oposición y de una dificultad que sería en torno al 6a+/6b. Al final del largo encontré una reunión sobre dos fisureros, que reforcé. El granito se descascarillaba bastante, los cantos de la fisura no eran netos, más bien romos y donde encontrabas cacho se rompía con facilidad. Aunque el largo era bueno te esperabas una roca más compacta y más en el caso de un gallego conocedor de la calidad del granito porriñense. Sin duda el viento en esta región no respeta ni siquiera el granito.

En cuanto empezaron a subir Diego y Xosé, nos dimos cuenta que nos habíamos equivocado en la estrategia. Llegaron bufando tratando de escalar en libre la fisura. Resultaba muy duro progresar con esos muertos en la espalda. Intentamos subir las mochilas tipo petate, por lo que las agrupamos y dejamos una ligera para escalar con ella. Diego hizo el siguiente largo que resultó más duro de lo esperado. Un gran diedro fisurado y vertical que podría ser 6c. Tuvo que montar reunión sobre clavos al quedarse sin material y empezamos con el izado del petate. Nosotros dos escalamos por una cuerda y a medida que subíamos tratábamos de ayudar empujando los bultos cuando Diego tiraba de ellos. Misión desesperante y exhausta que nos dejó bien claro que así no íbamos a ningún lado. Decisión, retirada. Sin duda para esta actividad hay que reducir mucho más lo que llevábamos y usar unos puños y cuerda auxiliar para que el segundo pueda subir tirando de ellos. Ir en libre con esas mochilas y por largos mantenidos de 6b o 6c es imposible, al menos para estos forajidos.

Serían cerca de las cinco, cuando empezamos a bajarnos con el rabo entre las piernas. A esas horas la nieve de la canal de ascenso estaba muy papa y la rimaya había que pasarla con cautela. Llegamos a la tienda y tocaba reflexionar y cambiar de planes. Las opciones en vista de la ventana de buen tiempo que había eran escalar si o si y subir al Fitz si o si. Barajamos varias ideas: irnos hacia Paso Superior e intentar la Franco-Argentina, hacer la Californiana desde allí o intentar la Supercanaleta que sabíamos que estaba haciéndose esos días. Esta última opción era la más razonable pero tenía varios inconvenientes: Diego ya la había subido pero sin alcanzar la cumbre por mal tiempo hacía dos años y no le molaba mucho repetirla, y otro problema, era que nos faltaban dos piolos porque sólo subimos cuatro. Decidimos tomarnos el día siguiente de descanso e intentar conseguir los piolos de alguna de las cordadas que bajasen de la Supercanaleta, entre las que se encontraba la de unos compatriotas de Diego y con los que estuvimos hablando el día anterior.

Supercanaleta (1.600m, 80º, 6a)
Día 7 de enero, suena el despertador a las 00:30h. Nos levantamos desayunamos y a la 1:30h arrancamos. A las 2:30h estamos debajo de la rimaya que da acceso a la canal de inicio de la Supercanaleta. La franqueamos y empezamos a ascender por ella desencordados. Se trata de unos 1000m de canal que encontramos un tanto justa de nieve en algunos pasajes, en otros chorreaba y escurría agua y otras zonas estaba dura; no las teníamos todas con nosotros. Subimos durante unas dos horas y media y sobre las 5:00h llegamos a lo que se conoce como el bloque empotrado donde abandonas la canal, te desvías a la derecha y empieza la escalada propiamente dicha.

Aquí hicimos un parón, sacamos el hornillo, derretimos nieve y nos hicimos un té para hidratar y esperar a que hubiese más luz. Sobre las seis comenzamos este primer largo que creo fue el más difícil, un tramo de mixto, con poco hielo y de apretar a base de gancheos sobre roca que te va dejando lo justito para proteger, “gran tirada Diego”. El siguiente largo con hielo vertical y un tanto justo te deposita en una reunión por encima del cadáver de un escalador alemán que lleva allí desde el año 2002. La escena no es muy agradable. Una parte del largo lo hicimos en ensamble. El siguiente tramo presenta unos resaltes en mixto, para continuar por una pala de nieve, hasta una reunión, a partir de la cual flanqueas a la derecha, siguiendo unas viras nevadas.

Xosé coge el mando en un largo ligeramente ascendente, seguido de un pequeño rápel que nos deposita en un nevero colgado que remontamos hasta una sección de fisuras con hielo, que en dos largos de mixto, nos depositan en la arista. Finalizada una preciosa tirada en travesía de derecha a izquierda sobre roca con secciones de nieve, es el momento de pasar el relevo. Sigo por un largo con varias posibilidades, donde tienes que descender por una fisura para rápidamente llegar a otra ascendente con  hielo y que nos deja en una zona más ancha, con nieve y que es el punto de unión de la Californiana. Aquí nos encontramos con una cordada de americanos que venían por ella y que al meterse por delante, aprovechamos para hacernos otro té. Se sigue recto por una fisura vertical e incómoda para desviarse a la izquierda antes de terminar esta. Nos pasamos a la vertiente suroeste y desde aquí, regresaremos nuevamente a la vertiente norte a través de una travesía, donde me puedo poner los gatos, para salir por una fisura estrecha que nos depositará sobre un gran diedro, que se puede ascender directamente o por otro que se encuentra paralelo pero más a la derecha; este último es el que nosotros cogimos. Ya con botas y de nuevo Diego a la cabeza, afrontamos una sección de nieve vertical que nuevamente cambia de vertiente. Una travesía fina sobre granito y con vientos patagónicos desbocados, nos acerca al último largo antes del rápel final, que te deja muy cerca de la línea de descenso de la Supercanaleta.

Normalmente el rápel es una operación donde al echar las cuerdas al vacío estas caen por efecto de la gravedad, en la Patagonia esto no tienen por que ser así. En este rápel final, el viento se apoderó por momentos de nuestras cuerdas y la situación cogió un cierto cariz de drama al ver como éramos totalmente incapaces de recuperarlas y nos quedábamos a expensas del Dios Eolo. Unas nubes de formas fusiformes y oscuras se acercaban a gran velocidad desde los hielos continentales y se arremolinaban sobre nosotros. En un breve periodo de tiempo nuestras manos empezaban a enfriarse de manera peligrosa, el rostro no soportaba el azote del viento, las cuerdas mostraban signos de empezar a ponerse tiesas y escucharse era prácticamente imposible. Afortunadamente, hubo un parón en la intensidad del aire y pudimos recuperar las cuerdas que se habían enredado en un gendarme.

Desde aquí a la cumbre restan 200m un tanto difusos entre bloques y palas de nieve dura, que hicimos lo más rápido que pudimos en medio de un viento desenfrenado. Eran sobre las 20:40h y alcanzábamos la cima entre descargas de adrenalina y sentimientos ivernados desde hacía mucho tiempo. ¡¡Qué grande es hacer cumbre!! 

Descendemos y a las 21:30h comenzamos la infinidad de rápeles que nos aguardan. Son unos 32 rápeles de descenso, algunos mejores que otros.. Para añadirle un poco más de dramatismo, durante el tercer o cuarto rápel pasas junto a otro cadáver que se encuentra suspendido de una cuerda y con la columna vertebral totalmente arqueada. El accidente creo que tuvo lugar hace unos dos años, lo que unido al buen estado de conservación, imposibilita aislarse de esa realidad que rodea nuestras actividades pero que habitualmente rehuimos: la muerte. El resto de rápeles los tomamos con calma, hicimos una parada para cocinar unos liofilizados y para hacer agua. Mayormente nos dedicábamos a no equivocarnos en la rutina de las maniobras, a tratar de no quedarnos dormidos en las reuniones y a llevarlo lo mejor posible. Seguimos bajando, se nos hace de día y sobre las 7AM estamos en la tienda. Al final unas 30h de actividad no stop y tal vez, la más completa y exigente que yo haya hecho nunca. Sin duda una buena muestra de lo que supone aceptar las condiciones que impone el alpinismo Patagónico: compromiso, aislamiento, dureza y belleza en estado superlativo.

Dormimos un poco, desmontamos la tienda, que tenía una barilla rota y algún otro desperfecto. Reiniciamos la vuelta por la misma ruta de llegada hasta Puente Eléctrico donde se puede hacer dedo para regresar al Chaltén. Por la noche nos fuimos a cenar un maravilloso bife de chorizo en un restaurante de esta ventosa villa.

Aguja de la Media Luna (1900m): intento vía Rubio y Azul (350m, 6c)
Después de descansar, de celebrar la cumbre con un buen asado con la gente de Nipo Ninos, de acudir a un concierto patagónico (los Siete Venas) y de confirmar que la meteo estaba inestable, decidimos hacer alguna actividad rápida para tratar de aprovechar algún día. El 11 de enero, salimos hacia la aguja de la Media Luna, en el glaciar del Torre. Nos lleva unas 3h llegar al campamento de Agostini. Pasamos una tirolina y vivaqueamos antes de pisar el glaciar en la última masa arbórea; una hora después de Agostini.

El glaciar del Torre es un lugar mágico. Cuando el sol de la mañana ilumina estas verticales agujas: El Torre, La Egger, La Herron, El Standhardt, estos bastiones rocosos se vuelven incandescentes cual ascuas de un buen chulengo. Más parece que te encuentras en el infierno que rodeado de hielo. Esas llamas surcadas por infinidad de fisuras no sólo arden delante de uno sino que generan un crepitar interior que enardece el espíritu..

Nos levantamos a las 4:30h y nos dirigimos al glaciar. Hay que descender por un terreno muy roto, caótico y de fuerte pendiente. En una sección hay puesta una cuerda. Luego por terreno pedregoso y siguiendo unos hitos por el margen sur de la laguna Torre, encontraremos una senda que nos lleva al punto de entrada más adecuado al glaciar. Terreno difícil y complicarse es fácil. Se atraviesa el glaciar tomando como referencia la aguja de la S. En cuanto podamos seguimos por la zona más pedregosa del mismo. Llegamos al Campamento Niponino, unas tres horas después de salir. Es una zona de la morrena con numerosos puntos de vivac y donde los pioneros de estas montañas solían permanecer durante largos periodos de tiempo esperando que la climatología les permitiera atacar el Torre y sus agujas. Remontamos la morrena descompuesta en dirección a Noruegos por terreno inestable que te va dejando huella en el DNI. A la base de la aguja llegaríamos sobre las 11h, sin muchas ganas de nada. La vía se llama Rubio y Azul (350m, 6c), y el primer largo un off witch muy expo si no se lleva un Camalot del 5 (como era nuestro caso) y del que yo me bajé. Diego era el único que seguía con motivación y arreó para arriba con un par. Después, dos largos buenos de 5+, luego un 6b expo y duro, al que le sigue un tercero que termina en una collada de la que decidimos bajarnos porque empezó a soplar el aire y porque, salvo Diego, el resto estábamos desmotivados. En el descenso se nos engancha la cuerda y la tenemos que cortar, por lo que fuimos improvisando algunas reuniones intermedias y dejando algún que otro fisurero ¡¡ menuda paliza nos dio la montaña !! Llegamos al vivac a eso de las 21:30h, fueron cerca de 17h que nos dejó destrozados. Preparamos unos liofilizados y para el sobre. Lo que supuestamente era una actividad de las más frecuentadas del lugar se convirtió en un nuevo encuentro con la realidad patagónica: nada es sencillo, todo cuesta pero la recompensa merece la pena.

Durante los siguientes días hace bueno aunque con nubes dispersas. Las previsiones pronostican malo para los dos próximos fechas y luego una buena “ventana”, lástima porque no la podremos aprovechar en su totalidad, nos volvemos antes. Decidimos acercarnos a la aguja Guillaument y escalar una clásica de la zona, la vía Brenner-Moschioni. Como el acercamiento es el mismo que para el Fitz y en vista de las condiciones, decidimos ir sin botas ni crampones, aligerando lo máximo posible. Se apunta con Xosé y conmigo, Pablo. Diego se empata con Luca y vamos juntos hasta el campamento de Piedra Negra pero con objetivos diferentes; pretenden atacarle a la Mate, Porro y todo lo Demás, pero esta vez con una estrategia más ligera.

Aguja Guillaument (2580m): Brenner-Moschioni (300m, 30º, 6b) + Comesaña-Fonrouge (150m)
En el vivac coincidimos con numerosas cordadas de diferentes nacionalidades. Claramente la previsión de buen tiempo desencadenó la estampida desde el valle hacia las cimas patagónicas. Pasamos una sobremesa espléndida gracias a unas escaladoras chilenas que nos invitaron a mate y que con su charango y su melódica voz, nos hicieron disfrutar a todos los que por allí vivaqueábamos: “buenísima onda”. Su intención era escalar también la Guillaument, pero por la vía Comesaña-Fonrouge (400m, 30º, 6b+). La Brenner termina 150m antes de la cumbre y prosigue hasta ella por esta última, la cual usamos también, de línea de bajada.

Al final de la tarde comenzó a chispear y el tiempo se puso bastante feo, sobre todo si pensamos que no habíamos subido tienda. De madrugada la meteo seguía revuelta, las cumbres encapotadas y lloviznando, por lo que postergamos la salida y por momentos nos cuestionamos si podríamos escalar. Sobre las 8:00h del día 18 de enero, salimos de Piedra Negra, superamos el paso Guillaument y a las 10:00h empezamos a escalar. El día se fue abriendo y el sol nos acompañó durante toda la actividad, eso sí, el viento se dejó notar y en algunos momentos con bastante aínco.

Fueron unos 13 largos. Destacar el cuarto, un muro de granito surcado por cuatro fisuras y no por tres, como se indica en las reseñas. Como yo soy de ciencias, la fisura de 6b supuestamente era la tercera empezando por la derecha y esa fue por la que me metí. Empecé y acabé acerando y colgándome de todo lo que iba colocando, ese largo de séptimo grado no baja. La fisura de 6b tiene que ser la que está más a la izquierda y a la que se accede haciendo un pequeño descenso desde la reunión que se encuentra en un bloque. Xosé me da el relevo y tira él los siguientes 5 largos. El sexto de la vía es tal vez el otro largo clave, lo ponen de 6a+ pero aunque sea algo más duro, al menos este sí es escalable. Dos largos antes de salir a la cresta cimera me embarco por una fisura que podría ser de 6b en vez de coger la línea fácil, por lo que enredamos algo más de lo previsto. Ya en la parte somital, el nevero cimero está lo suficientemente retraído como para poder subir sin necesidad de botas. A las 19:00h hacemos cumbre y podemos disfrutar de unas vistas espectaculares. Para Pablo es su primera aguja patagónica y todos celebramos entusiasmados esta buena ascensión. Para bajar seguimos la Fonrouge, si bien, tampoco es descabellado bajarse por la Brenner porque tiene descuelgues y reuniones montadas. Tal vez lo más rápido para el descenso es seguir la vía Amy-Vidailhet, en la vertiente este, pero que te obliga a llevar botas y crampones. Fueron unos 11 rápeles y dos más en la pedrera tratando de evitar el nevero de su cara norte. Llegamos a la tienda sobre la una de la madrugada, bastante deshidratados y deseando no tener que volver a rapelar durante una buena temporada.

Nuestros días se acaban y sólo queda despedirse de estas montañas y de las gentes con las que compartimos nuestras andanzas. Si algo me llevo de aquí es la sensación de que  una cumbre en Patagonia siempre es algo más”.