martes, 15 de mayo de 2012

Constantini-Apolloni (Pilastro di Rozes): mi primera gran ascensión

Cuando echo la vista atrás "¡qué  viejo voy!" y trato de recordar dónde se produjo la transformación personal que me hizo superar esa frontera entre ser un "primero de cuerda" o simplemente un aspirante a escalador, no tengo dudas: sin duda sucedió en la vía Constantini-Apolloni 7a /(V+, A2), MD+, 500m, en el Pilastro di Rozes, Dolomitas.
Llevaba alrededor de un año empezando a tomarme la escalada más en serio. Mis inicios siempre furon montañeros y no escaladores, de hecho, yo diría que mucha gente que hacía montañismo clásico en mi entorno y que empezaba a conocer, miraban con cierto recelo a los escaladores deportivos "frikis" e infrabaloraban la escalada deportiva. Tardé en darme cuenta que si quería alcanzar algunos de esos sueños alpinos que pasaban por mi cabeza, la escalada deportiva era incuestionable.
Empecé a salir más a mis escuelas cercanas, principalmente: Galiñeiro, Budiño y el Cañón del Sil y a pelearme con el sexto grado. Además, tuve la fortuna de conocer a un grupito de "gentuza" con mucha hambre por hacer rutas de escalada clásica, lo que me llevó a mi época dorada: ilusión a tope y multitud de sueños pululando por la cabeza. Por la semana escapada a escalar deportiva (una  tarde o dos por semana) y los findes: coche y hacerse un par de vías clásicas por Picos y estrivaciones "aquí nace el mito de la bala roja". Fueron un par de años de mucha intensidad y pletóricos de actividades. Aun recuerdo mi primer 6a de pared, como primero, cuando aún apenas hacía 6b en deportiva. Siempre fui bien de coco, aunque no fuese el más rápido del mundo.
A pesar de ir ganando confianza, gracias a las muchas vías que hacíamos, yo era perfectamente consciente de mis limitaciones. El hecho de llevar el peso de una cordada durante todas las tiradas me sometía a muchas inquietudes, pero a la vez me permitió descubrir el placer de escalar de primero por  terrenos vírgenes y de desarrollar mis propios recursos. Además, pude crecer como escalador gracias a poder estar con gente, que con muchas más tablas que yo, contaban conmigo para hacer algunas actividades que yo por mí solo, sé que no me atrevería a acometer. Aquí juega un papel decisivo Arturo. Escalar con él me daba mucha seguridad. Cuando nos metíamos en una vía "dura" yo iba de lo más tranquilo. La jerarquía estaba clara, él se hacía los largos más exigentes y yo me iba curtiendo en los quintos y algún que otro 6a. Como cambian las cosas cuando es uno sobre el que recae la responsabilidad de la actividad. Hay que conocerse, olvidarse de la esclavitud del grado y aprender a escalar, a desarrollar un repertorio gestual y técnico que te permita afrontar las situaciones "límite" (algunas ha habido) de la mejor manera posible. No es fácil, pero la satisfacción de ver como te vas superando tal vez sea de las sensaciones más potentes que recuerdo de aquellas actividades.
Así, entre escaladas y planes llegó el verano del 2003. Objetivos varios: alguna ruta por los Alpes del Delfinado (zona de Ecrins) y una visita a la roca dolomítica.
Hablar de Dolomitas era soñar con cumbres míticas: Tre Cime di Lavaredo, Civetta, Marmolada.., auténtica historia alpina. Después de hacer algunas escaladas, Arturo estaba muy interesado en afrontar el Pilastro di Rozes. Esta pared la había visto el año anterior y se quedó con muchas ganas de atacarle; la vía elegida por él era la Costantini-Apolloni, todo un superclásico de la zona. En un primer momento tenía pensado afrontarla con Mar, y yo, que hacía cordada con Carola, había buscado otra vía en la misma pared, pero más asequible, el Spigolo Constantini-Ghedina. El mal tiempo estaba al acecho, y esto impidió meternos en la vía en la fecha deseada, por lo que Carola se nos fue (se le acababan las vacaciones) y como Mar tampoco andaba muy fina decidimos juntarnos Arturo y el menda, e ir por la joya de la corona. Tenía dudas, el bocado era muy suculento y tentador, pero analizando el crokis de la vía había dos largos muy duros que me daban respeto, al igual que la longitud de la misma. Sopesé los pros (iba con Arturo) y los contra y decidí que si el tiempo nos dejaba íbamos con todo.
El día del ataque se levantó la mañana bastante fresca y con nubes y claros; un tanto incierta para la actividad que nos proponíamos pero ya estaba decidido. Nos acercamos a la pared desde el refugio Dibona situado a los pies de la Tofana di Rozes (Cortina d'Ampezzo). Nervios. Me sigue pasando igual: cuando afronto una escalada que llevo tiempo planeando, aunque sepa que debería poder resolverla, siempre me entra el nerviosismo de lo desconocido, supongo que es parte del juego. Los primeros largos nos vamos alternando en cabeza. La calidad de la roca y el escaso equipamiento no nos sorprendió, ya habíamos escalado por la zona y era algo que nos esperábamos. Yo iba contento, superaba con éxito los problemas que la pared me colocaba y la progresión avanzaba con buenas perspectivas.
Las nubes empezaron a pegarse a la pared y a amenazar lluvia justo cuando afrontábamos los largos decisivos de la escalada. Una sucesión de dos extraplomos separados por un largo duro y otro de salida bastante exigente. De aquellas no dominábamos el arte del séptimo grado "ahora tampoco, pero sigo perseverando" por lo que íbamos pertrechados de nuestros buenos amigos los estribos; tocaba hacer artifo. La verdad que cuando hice esta vía sólo había hecho artificial dos veces en mi vida, "osado de mí".
Como así lo planificamos estos tramos duros los abordaría de primero el "jefe". En el largo del segundo techo te quedabas colgado en el aire durante bastantes pasajes y con mi deficitoria técnica sudé y bien. De hecho hubo un momento donde me caí y quedé colgando de la cuerda. No me gusta caerme, ¡qué obviedad!, pero es que de segundo tampoco, sobre todo en clásica, donde los seguros siempre tienen un componente de fortuna en el que intervienen muchos factores: el tipo de roca (en este caso caliza bastante fracturada), los emplazamientos de reunión encontrados (ya os digo que no vimos un solo parabolt), la destreza y el material del escalador. Recuerdo que me costó volver a la pared, al quedarme colgado me separé de la línea y retomarla me implicó un sobreesfuerzo importante; además, Arturo me apremiaba para que no estuviese mucho tiempo penduleando, "la reunión no era de las mejores que había visto".
El siguiente largo era exigente, un 6a+ bastante desequipado, pero de roca buena, y que después de lo que llevábamos dio su trabajo. Lo recuerdo como uno de los mejores largos de la vía.
Superadas las mayores dificultades, llegó mi momento. A Arturo se le notaba cierto cansancio, "no era para menos después de la pechada que se había mandado de primero", así que me dijo que tratara de tirar yo de primero el resto de largos. Nos quedaban unos cinco largos pero bastante fáciles sobre el papel, "ninguno pasaba del V+". Yo asumí que tenía que empezar a liderar la cordada y a ello me puse. Sabía que el grado era factible, pero había que medirse bien porque las fuerzas empezaban a ir justas.
No recuerdo si los largos finales me resultaron difíciles física o técnicamente, pero de lo que especialmente me acuerdo es de la toma de decisiones, algo que todo primero tiene que afrontar. Las nubes seguían acompañándonos en nuestro periplo, si bien en algún momento se abrían, acabaron por quedarse con nosotros y limitándonos la visibilidad de manera notoria, no más allá de 10-15 m. Esto me produjo cierta ansiedad: terreno desconocido, cansancio, horario, climatología adversa; parecía que todo se conjuraba para que sufriéramos algún embarque. Pero no fue así, aunque pudo haber sucedido en el penúltimo largo. Este largo, de V, lo recuerdo especialmente. Había que afrontarlo con tendencia hacia la izquierda; pero con la mala visibilidad y el escaso equipamiento (en todo el largo lo único que encontré fue un clavo) llegó un momento donde me empecé a preocupar. No sabía si seguir más a la derecha, si tirar en vertical o si estaba totalmente perdido. Trataba de comunicarle mis impresiones a Arturo, pero entre que ya no nos veíamos y que él poco me podía decir, estaba claro que me tocaba tomar decisiones y rápido. Decidí seguir un poco más en travesía hasta que alcancé un saliente, allí miré hacia arriba y me pareció que era factible que la vía siguiese por encima; si bien, tampoco era descabellado seguir más hacia la izquierda. Estaba en un momento crítico, el equivocarme podría suponer un retraso considerable, en el mejor de los casos, o liarla y meternos en un  fregado de los buenos. Mi cabeza me decía que para arriba, pero no veía ningún rastro que me convenciese de ello. Avancé y superé el resalte. Justo por su cara opuesta "se me apareció Santo Clavo", ¡no estaba perdido!. Aun así, seguía sin saber si debía seguir en travesía o ganar altura. Por la colocación del clavo y por la orografía del pasaje, decidí subir. Escalé unos cinco o diez metros y llegué a una repisa  amplia en cuyo extremo izquierdo se encontraban dos pitones clavados en una fisura, que atravesaba el suelo de la misma. Fue el grito de "reunión" más gozoso de mi corta vida montañera. Me lo habían puesto difícil pero había conseguido salir victorioso de esta gran batalla personal. Ya sólo nos quedaba un largo y una serie de trepadas para alcanzar la cumbre del Pilastro di Rozes.
Esa noche dormí poco, y no por lo muy cansado que me encontraba, ni por las cervezas que nos tomamos como celebración. Tenía tal subidón que estuve repasando por mi cabeza la escalada un ciento de veces paladeando unas sensaciones endorfínicas, que consiguieron engancharme definitivamente a la escalada como primero de cuerda. Aún hoy, no he conseguido desintoxicarme.




jueves, 3 de mayo de 2012

Le fil à plomb (la plomada)

Esta Semana Santa pasada, tenía una gran ilusión en la cabeza, pero muchas más incertidumbres. Ilusiones: poder escalar la Ginat (MD+, IV, 5, 1000m) en la cara N de los Droites (4000m). Incertidumbres: las condiciones de la pared, la climatología y sobre todo, mi estado físico.

Ir a Chamonix antes, era hacer realidad un sueño. Su sola exclamación hacía que se te agrandasen las órbitas oculares y el corazón empezase a palpitar cual adolescente enamorado. ¡Demasiados relatos de montaña leídos y muchas peripecias contadas!.
Ir a Chamonix hoy, supone en cierta medida, una obligación por la que hay que pasar lo más dignamente posible: tiempo cambiante e inestable, muchos accidentes, muchos rescates, guías malencarados, precios desorbitantes para los españolitos, un mercantilismo de la montaña superlativo, planes y espectativas que se van al garete; y aun así, hay que volver. ¿Por qué?, sin duda porque en él radica el eje central del alpinismo: el entorno y la historia; y porque no existe otro lugar, donde los medios mecánicos faciliten de semejante manera el "hacer montaña": es posible coger un remonte a las 8:00h A.M. hacer una actividad alpinística de lo más EXTREMO y quedar con los amigos para tomar una cerveza a las 7:00h P.M. ("actividades chamoniardas").

Sea como fuere, el sábado 31 de marzo llegamos a Chamonix procedentes de Huesca cinco debotos peregrinos: Almudena, David, Lorenzo, María y yo. Evidentemente el viernes anterior me atravesé la península de Oeste a Este para quedar con toda esta tropa.

La idea de David y mía era poder atacarle a La Ginat; pero viendo el parte meteorológico ya se preveía un cambio de tiempo para esa semana lo que después se confirmó. Antes de semejante fregado, queríamos hacer una actividad de aclimatación y en mi caso, también, de contraste, para estudiar como se comportaba mi maltrecho tobillo. La propuesta fue hacer dos cordadas (David-Lorenzo y María-Manu)  y subirse a Plan de l'Aiguille para escalar Le fil à plomb (III, 4+, 700m), en el Rognon du Plan (3601m) (Agujas de Chamonix).
El 1 de abril, subimos en el último telecabina de la Aiguille du Midi, hacia Plan de l'Aiguille, donde se encuentra el refugio de igual nombre, que en estas fechas está cerrado pero que tiene una estancia abierta en invierno con unas diez plazas en literas corridas, mantas y una sala comedor con mesa.

Una vez allí, nos encontramos con otras dos cordadas que tenían los mismos planes; un par de ingleses de Manchester y un trío de franceses . Esto a la espera de los posibles escaladores que pudiesen llegar en el primer telecabina de la mañana para atacar directamente desde abajo; como así fue ("actividades chamoniardas"). Según nos comentaron los franceses era de las pocas actividades que estaban en "condiciones" por esta vertiente. El invierno había sido bastante seco, hasta la fecha, y donde debería haber hielo afloraba el granito.

Una cena frugal: rissoto con setas, acompañado de chocolate, "suena bien pero no era para tanto" y al sobre, o mejor dicho a las mantas ya que no subimos sacos.

Y llega la eterna pregunta: ¿a qué hora nos levantamos?. Que si los franceses a las dos, que si los ingleses a las tres, pues ¿nosotros a las cuatro?, sería más que suficiente para realizar la actividad, y somos más de dormir que de madrugar "spanish concept", les damos margen a los de delante y en el caso de que suban desde el telecabina, no les da tiempo a cogernos antes del largo clave. Había que tener en cuenta, también, que el último remonte de bajada desde la Aiguille du Midi salía a las 17:30h. Al final nos levantamos a las 03:30h, los últimos, pero contentos.

La mañana se presentaba fresca pero no fría a pesar de encontrarnos en plenos Alpes en el mes de abril. Después de desayunar y de disfrazarnos adecuadamente, empezamos a remontar las primeras pendientes hacia la estación intermedia de Plan de l'Aiguille. Durante este trecho inicial me empiezo a preocupar pues siento bastante dolor en mi tobillo y cada movimiento que implique no tenerlo en plano me molesta. Al llegar al caseto del bar de L'Aiguille, "estaba cerrado", me detengo y les digo que no sabría si podría continuar. Decido quitarme la tobillera de protección que llevaba y probar si de esta manera me resultaba más cómoda la progresión. Así fue. En cuanto liberé el tobillo las sensaciones cambiaron, tenía molestias lógicas por la contusión que arrastraba, pero el dolor desapareció, así que adelante.

Fuimos progresando por la morrena lateral del glaciar de Pélerins en medio de la noche. A lo lejos se podían ir viendo las luces de los frontales de las dos cordadas que nos precedían. Empezó a amanecer cerca de la rimaya de la base de la cara N del collado del Plan. Allí nos encordamos en una sola cordada los cuatro para atravesarla con más seguridad. Para nuestra sorpresa , las cordadas de delante parecía que iban un tanto lentas porque poco a poco les íbamos cogiendo terreno y tampoco estábamos moviéndonos especialmente rápidos. Una vez metidos en el tramo común con la Goulotte del collado del Plan, alcanzamos a los ingleses y nos dividimos en las dos cordadas estipuladas. En estos largos iniciales fáciles, tuvimos la oportunidad de adelantarlos porque pudimos progresar por el corredor unos metros más y luego volver a la izquierda más arriba; no lo hicimos, un poco por cortesía otro poco por falta de picardía: luego nos arrepentiríamos y mucho.

Iban por delante David y Lorenzo, dos auténticas locomotoras alpinas. Yo iba con María y acompañado también, por cierto recelo sobre mi forma física, ya que llevaba sin hacer nada de fondo desde hacía dos meses por culpa de mi lesión de tobillo. Así que disfrutando y regulando.

El tramo clave de la vía es una cortina de hielo que se forma bajo un gran bloque rocoso y que suele estar muy fino en la entrada del mismo. Esto hace que no halla muchas posibilidades de atacarle por zonas alternativas, convirtiéndose en un cuello de botella que tuvimos que padecer. No podíamos entender por qué tardaban tanto las dos cordadas precedentes, se veía  que la cascada estaba bastante picada y con muchos pies de pasar muchos escaladores anteriormente.

Cuando llegamos a la base del gran bloque,donde se hace reunión, debían ser las 9:00h y no empezamos este largo hasta aproximadamente las 11:00h-11:30h. La situación se complicaba. Las hordas de cordadas se acercaban desde abajo. Como viniese algún guía con prisa, "seguro que se pasa la cortesía por el forro de su chupa de material impermeable". En vista de lo cual, en cuanto David le dice a Lorenzo que suba, me situo en la base de la delgada lengua de hielo que da inicio a la cascada. Dejo que llegue al primer tornillo y salgo para arriba disparado y sintiendo el aliento en el cogote de los ávidos guías. El tramo inicial es delicado porque no hay mucho hielo, ni donde proteger, después va aumentando de grosor, y como parecía, la progresión aún siendo vertical y con un pequeño resalte que te echa para atrás, resulta cómoda y disfrutona. Yo iba tratando de mantener la distancia con Lorenzo, no fuera que se cayese y se me viniera encima. Enseguida me di cuenta como un machaca italiano no se esperó demasiado. Empezó a subir y se me puso a rebufo. Ahí se quedó, llegamos a la reunión y resultó ser un tío agradable. En el total de la cascada yo debí meter siete seguros y este metió tres... María subió rauda y veloz.

A partir de aquí, una sucesión de cuatro largos más donde se alternan  resaltes de hielo y palas de nieve, con algún pasaje de mixto, te depositan en la canal de salida, que te permite alcanzar la arista Midi-Plan, a la derecha del Rognon du Plan. Si bien, antes de salir por arriba, acontecieron una serie de hechos reseñables. A saber: un rescate en helicóptero y posteriormente, una gran carrera contrarreloj para alcanzar el último telecabina.

Estaba yo entretenido buscando donde montar la reunión del largo 8, cuando empiezo a escuchar a un guía que tenía por debajo hablar por un talkie. Al rato el sonido de un helicóptero empieza a hacerse notorio y veo al acompañante  del guía dibujar la señal internacional de socorro, "coño qué pasa aquí". El helicóptero nos sobrevuela, se detiene y mediante un cable deposita al agente de rescate. El aparato se aleja y el socorrista inmoviliza la pierna del herido. Nuevamente se acerca el helicóptero, baja el cable, engancha al herido y lo sube. Baja el cable, recoge al socorrista y al guía y se largan. Todo esto en 15 minutos escasos, "impresionante". Lo raro de todo esto es que hacía como veinte minutos que había visto subir al accidentado al lado mía y no parecía para nada presentar ningún síntoma extraño. Según me dijo María que habló con él, parece ser que le había caído algún bloque de hielo en la pierna y que tenía mucho dolor. No sé si era cierto o no, pero cabe la posibilidad de que como también iban justos para coger el último telecabina del día y para no meterse la pechada de la arista Midi-Plan, pues llamo al helicóptero y llego a las cañas, "la vida chamoniarda es así". 

Incidentes y especulaciones a un lado, la cuestión es que llegamos al final de la vía alrededor de las tres y media de la tarde. Nos quedaban unas dos horas para alcanzar la aguja del Midi y poder bajar a tiempo a Chamonix para la hora de las cervezas. Las alternativas en caso de perder el telecabina eran dos: dormir a pelo en los pasillos de la estación de la Aiguille du Midi (con suerte si los baños estaban abiertos tendríamos calefacción, allí no la apagan) o bien, esta con más glamour, tirar de tarjeta de crédito e ir al refugio de los Cósmicos (el más caro de la zona). 

David y Lorenzo hacía tiempo que nos esperaban. Entre lo del helicóptero, mi tobillo que cuanto menos vertical se ponía el terreno más se quejaba y que había empezado a notar un cierto bajón físico, supongo que por falta de entrenamiento, no tenía muy claro si llegaba a tiempo o no. La cosa estaba justa pero era factible. Super David se cargó con casi todo el material y allá nos fuimos siguiendo la huella que surcaba la arista Midi-Plan. Las nubes hacía tiempo que nos envolvían y en cuanto estos tres empezaron a darle zapatilla, a mí me costó seguirles, por lo que pasé a la estrategia de regular. Aunque con la niebla no se viese nada, sabía la distancia y el desnivel a salvar de otras experiencias pasadas; y sabía que mis fuerzas iban justas, así que me olvidé de los de delante y me centré en gestionar mi esfuerzo. 

Cada poco tenía que parar para coger aire, pero conocía donde me debía exprimir y donde tomármelo con más calma para llegar a buen puerto. Al final , ya subiendo la "deseada" rampa terminal que conduce a la estación de La Aiguille du Midi, volví a atisbar a mis compañeros que me animaban y me decían que teníamos un margen de media hora, "vamos que íbamos sobrados", serían ellos por que a mí me llegó. Lo mejor de este sofocón fue que nos ahorramos el billete de bajada, que no es poco.

Material: 2 cuerdas de 60m, 8 tornillos (si está muy picada menos), fisureros, 3 micros, friends medianos y 10-12 cintas.  

Nota: si pincháis en la primera de las imágenes del artículo podréis ver algunas fotos de la actividad.